¿Cómo afectan nuestras emociones al tomar decisiones?

Cuando tienes que adoptar una decisión importante, ¿te dejas llevar por el instinto visceral o haces una lista detallada de los pros y los contras?

Guiarse por la intuición puede ser una manera fantástica de sintonizar con lo que de verdad deseamos. Con todo, incluso cuando creemos que tomamos decisiones basadas en la lógica y el sentido común, lo cierto es que a menudo están guiadas por la emoción.

Si entendemos el papel que juegan las emociones en nuestro proceso de toma de decisiones aprenderemos a hallar el equilibrio perfecto entre razón e intuición para decantarnos por las opciones que nos ayuden a vivir mejor.

¿Cómo afectan las emociones a las decisiones que tomamos?

Las emociones se crean cuando el cerebro interpreta lo que sucede a nuestro alrededor a través de nuestros recuerdos, pensamientos y creencias y, en respuesta a ello, modula nuestros sentimientos y conductas. Todas nuestras decisiones se ven influidas por este proceso de uno u otro modo.

Por ejemplo, si te sientes feliz, puedes decidir regresar a casa paseando por un parque soleado. Pero, si de pequeño te persiguió un perro, ese mismo parque soleado puede desencadenar sentimientos de miedo, y probablemente prefieras tomar el autobús. Es posible que existan argumentos lógicos para decantarse tanto por una opción como por la otra, pero, en el momento, tomamos la decisión movidos por nuestro estado emocional.

Cada emoción influye a su modo en las decisiones que tomamos. Cuando estamos tristes somos más propensos a aceptar cosas que no juegan en nuestro favor; así, por ejemplo: no nos postulamos para un ascenso en el trabajo o mantenemos una relación tóxica. Ahora bien, la tristeza también puede hacernos más generosos. Los estudios de investigación demuestran que las personas más infelices son más favorables a aumentar las ayudas a los receptores de prestaciones de bienestar social que las personas enfadadas, que carecen de empatía.

Las emociones no solo pueden influir en la naturaleza de la decisión, sino en la celeridad con la que la tomamos. El enfado puede generar impaciencia y hacer que tomemos decisiones precipitadas. Cuando nos emocionamos, podemos tomar decisiones rápidas sin tener en cuenta sus implicaciones, llevados por la confianza y el optimismo ante lo que nos depara el futuro. Presas del miedo, las decisiones pueden verse nubladas por la incertidumbre y la cautela, y puede llevarnos más tiempo decantarnos por una opción.

Todo ello nos revela que el instinto visceral desempeña un papel importante en el proceso de toma de decisiones, si bien a veces puede guiarnos en la dirección equivocada y puede llevarnos a juzgar mal una situación, a tener prejuicios de manera inconsciente, a comportarnos de manera imprudente o a salvaguardarnos de asumir riesgos por miedo. Ahora bien, ¿hay ocasiones en las que nos convendría prestar atención a nuestro instinto visceral?

¿No debemos hacer caso nunca de la intuición?

Una respuesta visceral a una situación puede ser, en realidad, un mecanismo de supervivencia, el fogonazo de miedo que sintieron los primeros humanos que se enfrentaron a un animal peligroso y que los hacía echar a correr sin pensárselo dos veces. No habrían sobrevivido de haberse detenido a reflexionar.

En la misma línea, cuando nos «da mala espina» una situación o una persona concreta, puede ser que el cuerpo nos esté diciendo que percibe peligro en base a nuestras vivencias y convicciones pasadas.

Por supuesto, esta reacción podría ser completamente infundada, pero también podría servirnos para protegernos de un peligro o evitar que cometamos errores pasados.

Y esto recalca una de las grandes ventajas de la toma de decisiones instintiva: su rapidez. Ante una situación de vida o muerte no podemos malgastar tiempo en sopesar los pros y los contras.

Y lo mismo ocurre en el otro lado del espectro, cuando tenemos que tomar una decisión por algo completamente insignificante. ¡Nadie debería pasarse horas pensando si tomar té en lugar de café!

Además, las decisiones que adoptamos movidos por las emociones pueden ser más compasivas, sobre todo si afectan a otras personas. Lo constatamos cuando alguien arriesga su vida por salvar a otras

personas o cuando decidimos cómo darle una mala noticia a un amigo.

Así que, en ocasiones, hacer caso de nuestras emociones puede ser positivo. Si practicas mindfulness o llevas un diario de manera regular, probablemente te conozcas bien y disfrutes de un elevado nivel de conciencia personal. Y quizá te vaya bien guiarte por la intuición a la hora de plantearte si te conviene una determinada relación sentimental o si deberías cambiar de profesión.

Tener equilibrio emocional y conocerse a uno mismo a este nivel profundo conlleva que puedes confiar en tu instinto.

¿Cómo ayuda la inteligencia emocional a tomar mejores decisiones?

Tanto la emoción como la lógica, nos ayudan a tomar decisiones positivas. Si entendemos de dónde parten nuestras emociones y empezamos a ser conscientes de cómo afectan a nuestro pensamiento y comportamiento, podemos practicar cómo reaccionar a ellas y aprender a tomar mejores decisiones. En poco tiempo sabrás cuándo escuchar a tus emociones y cuándo no.

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